Tras una noche algo accidentada gracias a mis colegas del pueblo, los cuales hicieron procesión con mi cuerpo por las calles más míticas de mi pueblo natal, salgo a las 8 de la mañana dirección T4 de Barajas. Hasta ahí todo va bien: Los trámites normales, mucho más simples de lo que yo esperaba, un registro algo excesivo (quién sabe si en verdad era un terrorista) y cojo el avión rumbo a Bucarest.
Tarom Romanian Aerotransport parecía ser una aerolínea cutre y designada a vuelos estrictamente Rumanía-exterior... y lo era. Un avión bastante moderno, pero no lo suficiente, despega con cierto retraso de la lanzadera T4S. Tras unas atípicamente largas turbulencias, nos encontramos en vuelo. Suerte, tengo tres asientos para mí sólo, pero unos nervios que no sabría decir si eran causa del vuelo, de la resaca o del hecho de hacer un viaje a dios sabe dónde. Un viaje bastante bien montado, a pesar de las ocasionales turbulencias antes mencionadas. Y aquí empieza la odisea del viaje:
Llegamos a Rumanía, y nos acercamos a Bucarest. Hay unas cuantas nubes, y como os imaginaréis, eso lleva a turbulencias otra vez... pero esta vez... pude vislumbrar mi esquelético cuerpo reventado contra el suelo como si acabase de caer a la atmósfera desde el espacio exterior. 10 segundos de caída libre, a unos 20 kilómetros de Bucarest, y no eran para tomar la altura adecuada para el aterrizaje, no. Fueron 10 segundos de pánico en el pasaje, al completo. Yo me sentí prácticamente muerto. Finalmente, y contra todo pronóstico a ojos de los pocos españoles que viajábamos en el avión, tomamos tierra malamente y con los testículos aún en vuelo del susto.
Bucarest... Mítica ciudad de Europa, histórica como ella sola... huele raro. Sólo había 4 puertas de embarque (las mismas que de llegada), y todos los aviones que se podían ver en el aeropuerto eran de Tarom excepto un avión de una aerolínea Israelí de la cual ni siquiera sé el nombre.
Tenía 3 horas y media de escala y en aquel momento toda la gente española que viajaba en el avión Madrid-Bucarest había desaparecido por completo. Esta fase es la típica espera que puedes hacer en la estación de autobuses: Te sales a la puerta a fumar, te comes un bocadillo, te tomas un café, miras todas las gilipolleces habidas y por haber (como un segurata de aeropuerto con una Carabina m14 y una glock más grande que mi cabeza, diciéndole a una adorable anciana dónde está el servicio... Un tipo con TODA LA CARA DE BORAT haciendo chistes en inglés con menos gracia que un velatorio... vaya, recordemos que en Rumanía todo es completamente normal.
Y aquí llega el punto 2 de la odisea del viaje:
Llegan las 7 de la tarde, noche cerrada en Bucarest, y salgo a fumarme un cigarro. Las nubes que atravesé a punto de morir con el anterior avión se habían transformado en una tormenta de lluvia y rayos, digna de la mejor película de misterio ambientada en el castillo de Dracul. Rayos impresionantemente luminosos y ruidosos, ensordecedores incluso. Parecía que los rayos estaban cayendo a 10 metros de nosotros.
Resignado a un más que probable retraso en la salida de mi avión (prevista a las 21.30) entro y paso la zona de seguridad, con el consiguiente cacheo, y bajo a la zona de embarque.
Milagro, amigos! Unas señoras que venían en el avión de Madrid también iban a Iasi y me acabo de cruzar con ellas! Eso ha salvado la espera. Unas profesoras de primaria e infantil que van a un pueblo cercano a Iasi a hacer un intercambio de 2 semanas en un colegio de allí. Y se ha ido la lluvia! La suerte me sonríe...
Y vamos con el punto 3 de la odisea, este es el mejor: El avión en el que nos vamos a Iasi es de Hélices!!!! si, amigos, un avión de hélices cuya entrada es como la de un hidroavión, al más puro estilo segunda guerra mundial, pero pintado bien, con unas hélices aparentemente en buen estado y un interior de lujo (lástima que no le pude tomar fotos, pero las del teléfono no se ven y la cámara estaba bien guardada) Tarom no me ha dejado de sorprender ni un instante. Subimos en el avión de lujo-clásico y despegamos, parece ser que este piloto es bueno de pelotas. Advierte que tendremos turbulencias todo el vuelo... los nervios se me disparan y la National Geographic me la devoré en el primer vuelo... Por suerte el vuelo son 50 minutos de reloj, con un aterrizaje algo accidentado.
Ya estoy en Iasi! Un momento... Y el aeropuerto? Unas escaleras para bajar que pone “Arrivals”... otras para subir que pone “Depatures”... parece un aeropuerto, pero no existe el edificio del aeropuerto, vamos donde se coje la maleta? Ah, los operarios del avión han cogido y tal cual han ido soltanto las maletas, ahí a lo escandinavo, y cada uno que coja la suya si puede... en un cuarto de 40 metros cuadrados... no me piden ni el billete para que coja mi maleta... Bueno, he llegado, es lo que importa, ha sido el viaje más jodidamente tenso que he tenido jamás. Cojo el taxi y llego a Gaudeamus! 5 pavos? Ah, se me olvidaba, no había taxis, era uno de los operarios de las maletas, el cual amablemente se ofreció a llevarme por EL DOBLE de lo que cuesta un taxi ordinario. Pero he llegado, que es lo que importa. En recepción un chico llamado Alex, muy amable, me da la llave y me recuerda que tengo que pagar la residencia mañana, sin excusa alguna. Hasta que no pague no tengo internet así que este artículo llegará a 1 día de retraso, pero vaya esto es pa contarlo... Una cámara de vídeo habría sido clave en este viaje...
Y hasta aquí el informe desde Iasi, ya os contaré más! Venga una fotico de la residencia?